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Se trata de un procedimiento sencillo pero que requiere varias visitas al dentista y envío de pruebas al laboratorio. Esquemáticamente son tres visitas: En la primera visita, tras la exploración y diagnóstico pertinente, se talla el diente, esto supone un desgaste de todas las caras del diente que crea espacio para insertar posteriormente la corona. Hecho esto, se toman registros de la boca con el diente tallado así como el color, para enviar al laboratorio y que elabore la corona.
En la siguiente visita se realizará una prueba de la corona aún sin terminar para comprobar la correcta adaptación al muñón tallado y buena oclusión y armonía con el resto de dientes. Si todo es correcto se vuelve a enviar al laboratorio para que le dé el aspecto definitivo y en la última visita se podrá cementar definitivamente. Igualmente durante el proceso se coloca una corona provisional para la protección del diente tallado y suplir el defecto estético. Con visitas rutinarias de control y una buena higiene estas coronas pueden permanecer en estado óptimo por más de 10 o 15 años.
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